
Siguen apareciendo recomendaciones sobre el ahorro de energía, y las recetas en torno a cómo usar eficientemente la electricidad, en medio de la crisis que nos tiene al borde de cortes programados (porque, en rigor, una reducción de voltaje es una forma de racionamiento).
El otro día me encontré en una oficina un folleto del Programa País de Eficiencia Energética con una serie abigarrada de consejos sobre la eficiencia. Estoy seguro que una lista de recetas no tuvo, ni tendrá, efecto alguno en lo relacionado con el cambio de conducta necesario en los consumidores.
Más aún si se toma en cuenta lo que aparece hoy en La Tercera, en el sentido que las cuentas de luz han subido alrededor de un 30% desde junio del año pasado.
Desde un punto de vista del proceso comunicacional, resulta desastroso establecer un proceso cuyo objetivo es el cambio de conducta si no se establece un incentivo concreto. Y como el consumidor no es tonto, porque la neurona que más funciona (si se me permite la expresión) es la del bolsillo, nos damos cuenta de que no cuadra la suma. Es más: en las cuentas de luz aparece un gráfico que muestra cómo varía el consumo mes a mes... Y uno se da cuenta de que por más que la tendencia es a la baja en la cantidad de energía consumida, lo que se paga es cada vez más... No tiene sentido una campaña comunicacional que lleve al cambio conductual en ese contexto si no hay un incentivo, y ese incentivo debe ser económico, no emocional (como los argumentos ligados al cuidado del medio ambiente, de los recursos en el futuro y otros tales).
Me pregunto si en la campaña se incluirá al sector industrial y comercial, que constituyen el 65% de la torta del consumo de energía eléctrica. ¿Habrá un incentivo para ellos? Pues se trata de consumidores mucho más informados.
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